Lecturas obligatorias.

El placer debería ser la constante siempre que la lectura sea un acto voluntario, una perturbación del ánimo que provoque reacciones, reflejo de un gusto inocultable. Si me preguntas cómo sé que estoy disfrutando aquello que leo, pienso inmediatamente en esos momentos en los que estoy absorto con el libro en las manos, totalmente embebido del texto, y en otros en los que me es forzoso hacer una pausa, digerir de algún modo aquello que acabo de leer.  Diría, con absoluta seguridad, que con alguna frecuencia has hecho esa pausa mientras lees y has dado paso a un monólogo breve, con el libro en el regazo. Y qué decir de esas veces en que la ilusión es tal que te reconoces testigo presencial de  los acontecimientos, que experimentas cierto éxtasis, o algo parecido al éxtasis, o ríes a carcajadas -la sonrisa basta para delatar el sentimiento- o, por el contrario, hay una lágrima visible que puede dejarse correr y te sientes afligido, consternado, temeroso o impotente frente a la propuesta del autor.

Padecer mientras se lee no es síntoma inequívoco de que no se disfruta. Después de todo, se puede leer con gusto y sufrir en el proceso,  si es lo que nos satisface: una suerte de masoquismo, de atracción hacia aquello que otros consideran repulsivo.

Caso distinto es el de las lecturas obligatorias. No las que recomiendan hacer mientras se está revisando un texto y que lo complementan, esas son bienvenidas –al menos la sugerencia-. Me refiero, por ejemplo, a leer “porque me toca” y, particularmente, a leer porque “tengo que terminar lo que empecé”.  En ambos supuestos nos exponemos al peligro. Ahora, el primero podría ser producto de una simple asignación, una voluntad ajena que se superpone a la nuestra –situación que con validez nos excusa-, mientras el segundo, terminar porque empecé, es frustrar de antemano el propósito, conscientemente.

Confío en que sea producto de algún tipo de desconexión neuronal, una falla sistémica, pues es atentado directo contra la integridad, contra la serenidad, si es que esta se tiene o al menos se procura, que puede sólo perdonarse si se está fuera de juicio. Me declaro culpable de este tipo de comportamiento, impulsos que no he podido controlar, razonamientos equívocos que me han conducido al absurdo. Un buen número de veces lo he querido justificar camuflándolo como un reto personal. En todo caso, a esas lecturas se sobrevive, pero dejan cicatrices: Leer por obligación es auténtica tortura.

¿Recuerdan las palabras del maestro en aquella entrevista?

-Lg.01-16

 

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Annica (o la corriente).

Ha pasado la medianoche. Pienso en la vida; quiero decir, pienso en el universo. Pienso en el poeta y en la sinuosa memoria veo su imagen nítida, que avanza con la seguridad de quien percibe sus propias huellas grabadas.  No va solo: el filósofo lo acompaña mientras se pasea por la rivera. La conversación es vibrante, la zozobra, compartida. El poeta habrá de recordarla siempre. Sacian su sed en la mansa e inagotable corriente que refleja caprichosa algunos detalles. Para entonces el poeta aún distingue más que el verde, el azul y el fiel amarillo, disfruta del cotidiano espectáculo. El filósofo, que ha recorrido ya el sendero incontables veces, previendo que el otro pronto volverá a embriagarse con las musas en otro tiempo y  lugar, le revela la ilusión. Desde entonces el poeta dice estar hecho de tiempo; desde entonces se sabe río.

-Lg.01-16